Como muere un mexicano.

Me refiero, por supuesto, a los habitantes del país, a aquellos que viven en esta gran nación llamada México. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, INEGI, en 2014 murieron 633 mil habitantes en la República Mexicana; de todos ellos, 350 mil fueron hombres y 283 mil, mujeres. De esta gran cifra, en ese mismo año, 2014, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, SESNSP, reporto alrededor de 55 mil personas muertas por diversos actos violentos, 8 de cada 100 fallecidos. Esta es la más escandalosa forma de morir de los habitantes dentro de nuestras fronteras.

Pero los mexicanos mueren, por supuesto, por otras causas.

La diabetes mellitus, el exceso de glucosa en la sangre, y las enfermedades cardiovasculares, son los padecimientos lideres entre las causas de deceso de personas en nuestro país. Le siguen las enfermedades cerebrovasculares, la cirrosis, enfermedad terminal del hígado ligada al consumo de alcohol, los accidentes automovilísticos, muchos de ellos también ligados al consumo de alcohol, las enfermedades pulmonares y las nefrosis y nefritis, enfermedades que afectan a los riñones; estos son los demonios a los que se enfrenta cada mexicano a lo largo de su vida.

Pero hay otros padecimientos no presentes en esta lista, que son tan letales como los mencionados.

El desarrollo de las enfermedades implica la predisposición genética, por naturaleza, de los humanos que pueden enfermarse. Ese factor determina hasta un 80% de posibilidad de padecer alguna enfermedad en tanto el individuo se exponga a factores detonantes de ella en su entorno, como la temperatura, la alimentación, la exposición a agentes químicos, los virus, la actividad física, el estrés, entre muchos otros más, algunos hasta ahora desconocidos. Identificar esas causas detonantes ocupa el interés de decenas de científicos en el mundo.

Sin embargo, existen factores comunes, casi vulgares, ligados a la mortalidad de la población en México.

El primero, y quizás el más determinante, es el nivel social de los sujetos candidatos a enfermarse. Efectivamente, nacer pobre o rico, en el sentido económico del término, tiene una gran relación con la duración de la vida de los individuos, sin dar por sentado que, necesariamente, la pobreza sea sinónimo de enfermedad y mala calidad de vida. En alguna época, eran los miembros de familias adineradas, que tenían a su alcance exceso de alimento y bebidas alcohólicas, quienes sufrían de “gota y obesidad, factores que influían mucho en la calidad y corta duración de su vida, fenómeno que parece paradójico.

Lo cierto es que, al momento actual, la pobreza es considerada por la Organización Mundial de la Salud, OMS, como la enfermedad más mortal en los países de América Latina.

Según datos del Fondo de las Naciones Unidas para las Mujeres, la pobreza afecta a más de 1,000 millones de personas de todas las edades y todo el mundo; personas de las cuales el 70% son mujeres. Esta misma pobreza es la razón por la cual, en los países de bajos ingresos, menos de una cuarta parte de la población llega a los 70 años y más de una tercera parte de los fallecidos es menor de 14. La pobreza afecta la frecuencia y calidad de la alimentación, la protección ante el medio ambiente, el acceso a servicios médicos y la calidad de estos, y el nivel de salubridad del medio ambiente donde se vive y se trabaja.

Esta pobreza está ligada, como es lógico suponer, a la capacidad de producir riqueza de cada individuo, capacidad determinada por la educación, la libertad y las oportunidades de desarrollo social y cultural, y la disponibilidad de recursos naturales y mercados en los distintos territorios que componen a los países. Los Gobiernos y las economías nacionales influyen totalmente en los niveles de pobreza de sus poblaciones dependientes.

Pero, a nivel individual, factores ligados a la personalidad pueden marcar decididamente la calidad y duración de la vida de los habitantes en México.

La pobre valoración de la vida, apreciación construida a partir de enfoques transmitidos en buena proporción por los medios de comunicación como abuso de la nota roja, y la falta de educación en biología y salud en la etapa formativa de los estudiantes, influyen en el esfuerzo que cada individuo aplica a la protección y cuidado de su salud y la de las personas que le rodean. La vida, como muchas otras cosas de uso rutinario, es finita y, en cierta medida, desechable, sobre todo en lo tocante a la vida ajena. La reacción pública a la violencia, al asesinato y al maltrato físico de cualquier ser vivo, son reforzadores de actitudes indiferentes al valor real y simbólico de la vida humana. Y estas actitudes fomentan el descuido personal y comunitario de la salud.

Un elemento de interés es la cosificación de la vida humana y el costo de su cuidado y atención en caso de enfermedad. El creer que recuperar la salud es un proceso costoso, mercantil, alejado del humano interés por la vida, propaga la idea de que una enfermedad mortal desatendida y la muerte de un individuo pueden resultar en un beneficio económico a largo plazo, en contraste con la catástrofe económica que implica el esfuerzo persistente por mantener vivo y en las mejores condiciones, a un individuo enfermo y/o desahuciado.

Es así como muchos mexicanos optan por la indiferencia y la desidia al momento de mantener su salud en buen estado, una desidia que intentan compensar al poner en manos del ineficaz sistema público de salud del país la responsabilidad de su atención y cuidado durante una enfermedad. La desidia y la irresponsabilidad son, como la pobreza, verdaderas enfermedades mortales para los habitantes de México.

Y estas son las formas de morir de un mexicano.

Dr. Sergio García-López, médico, periodista y analista de los sistemas de salud

www.sergiogarcialopez.com.mx

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